La Bienal Internacional de Escultura vivió uno de sus momentos más impactantes con “Rugido de fuego”, la intervención artística de la escultora Desirée de Ridder que convirtió a un gigantesco yaguareté de adobe en el centro de una performance cargada de simbolismo, memoria y conciencia ambiental.
La obra, construida con barro del Chaco, arena, pasto seco, ladrillos autóctonos y bosta de caballo mediante la técnica del adobe, superó las dimensiones previstas y alcanzó los 4,20 metros de altura. La figura representó al yaguareté, considerado históricamente el rey del monte y uno de los símbolos más poderosos de la fauna americana.
De Ridder explicó que el animal forma parte central de su universo creativo y que la elección del yaguareté también busca reflexionar sobre el impacto de la acción humana sobre la naturaleza. “El hombre destruyó a ese Dios”, afirmó la artista, en referencia a la drástica reducción de la especie y a los esfuerzos que hoy se realizan para su recuperación en la región chaqueña, especialmente en El Impenetrable.
La quema de la escultura constituyó la etapa final de la propuesta. Lejos de significar su desaparición, el fuego buscó fortalecer y preservar la pieza. “Quemarlo es una forma de inmortalizarlo, darle vida eterna. El fuego es un gran purificador”, sostuvo la escultora, quien además decidió que la obra permanezca en el mismo espacio donde fue creada.
La artista dedicó el trabajo especialmente a los niños que recorren la Bienal y destacó el papel del arte como herramienta de aprendizaje y transformación. Cuando las llamas comenzaron a envolver al gigantesco felino, el fuego se convirtió en un poderoso mensaje colectivo: un llamado de atención sobre la necesidad de proteger al yaguareté y, al mismo tiempo, una celebración de la capacidad del arte para mantener viva su memoria.





