Sin opción a réplica, aterrizó en 1979 en un país desconocido que, con las décadas, terminaría convirtiéndose en su segundo hogar. Hoy, como presidente de la Asociación Caboverdiana de Ensenada, vive con una emoción particular el cruce entre sus dos tierras en el Mundial 2026.
Lo más asombroso de su historia es que Víctor ya era fanático de Estudiantes de La Plata mucho antes de cruzar el Atlántico. Su padre, que vivió en Argentina en los años 20, le transmitió la pasión por el "Pincha" mientras vivían en África, entre historias que convirtieron al club en un integrante más de la familia. Hasta el día de hoy, una camiseta albirroja cuelga solitaria en su habitación como el recuerdo más preciado de aquel vínculo.
En Berisso y Ensenada, Víctor construyó su vida como maestro mayor de obras y formó una familia con tres hijos y cuatro nietos. A pesar de los años, nunca olvidó la "Morabeza", ese concepto caboverdiano que define la hospitalidad y calidez de su gente. Aunque logró regresar a su isla en contadas ocasiones, aprendió que su corazón ahora late con la misma intensidad por su vida en Argentina y por las playas de Santo Antão.
Ante el inminente partido del Mundial, Víctor confiesa sentir un torbellino de sentimientos encontrados. "Ni soy de aquí ni soy de allá", reflexiona al reconocer que extraña Argentina cuando está en Cabo Verde y viceversa. Sabe que su selección es la revelación del torneo, pero no ignora el poderío de la Scaloneta, por lo que su único deseo es que su equipo natal juegue un buen partido y salga con la frente en alto.
Cuando el árbitro marque el final del encuentro, Víctor volverá a la habitación donde su posesión más simbólica es esa camiseta de Estudiantes que prometió llevar "hasta el cajón". Gane quien gane, su historia demuestra que las fronteras son invisibles para el afecto. El adolescente que llegó obligado terminó descubriendo que es posible amar profundamente a dos patrias sin dejar de pertenecer a ninguna.






